
El mundo no va a esperar
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MIRADAS Una conversación sobre el mundo que compartimos Teresa Barragán Hay decisiones cuyos resultados pueden verse en unos cuantos meses, otras tardan años. Y algunas, quizá las más importantes, sólo muestran sus consecuencias cuando ya es demasiado tarde para corregirlas. La educación pertenece a estas últimas. El niño que hoy entra a una primaria pública …
El mundo no va a esperar

MIRADAS
Una conversación sobre el mundo que compartimos
Teresa Barragán
Hay decisiones cuyos resultados pueden verse en unos cuantos meses, otras tardan años. Y algunas, quizá las más importantes, sólo muestran sus consecuencias cuando ya es demasiado tarde para corregirlas.
La educación pertenece a estas últimas.
El niño que hoy entra a una primaria pública mexicana llegará al mercado laboral dentro de quince o veinte años. Para entonces el mundo será todavía más pequeño que el actual. Podrá estudiar a distancia en una universidad de otro país, trabajar desde Chiapas para una empresa en España o competir por una posición con jóvenes de India, Corea, Canadá o cualquier otra parte del planeta.
Nunca antes el lugar donde nació un niño había determinado tan poco hasta dónde puede llegar. La tecnología ha abierto posibilidades que hace apenas una generación parecían inimaginables y muchas de las fronteras laborales que conocíamos están desapareciendo.
La pregunta es si estamos preparando a ese niño para aprovechar esas oportunidades.
México decidió transformar profundamente su modelo educativo mediante la llamada Nueva Escuela Mexicana. Las asignaturas tradicionales dejaron de ser el eje alrededor del cual se organiza el aprendizaje y fueron integradas en cuatro grandes campos formativos: Lenguajes; Saberes y Pensamiento Científico; Ética, Naturaleza y Sociedades; y De lo Humano y lo Comunitario.
La intención declarada es integrar conocimientos, relacionarlos con la realidad del alumno y vincular a la escuela con la comunidad.
Sobre el papel puede sonar atractivo, pero vale la pena preguntarnos si un país con graves rezagos educativos, debía comenzar por reorganizar la manera de presentar el conocimiento o por asegurarse de que sus niños dominaran primero lo esencial.
los números son difíciles de ignorar. En la evaluación PISA 2022, sólo 34 de cada 100 estudiantes mexicanos de 15 años alcanzaron al menos el nivel básico de matemáticas. En lectura fueron 53 y en ciencias 49. Los promedios de los países de la OCDE fueron 69, 74 y 76, respectivamente.
No estamos hablando de excelencia académica. Estamos hablando de alcanzar niveles básicos.
Ante semejante diagnóstico parecería lógico concentrar todos los esfuerzos en comprensión lectora, matemáticas, ciencias, inglés y habilidades digitales. Sin embargo, el nuevo modelo educativo decidió ampliar también la misión de la escuela. Los programas incorporan de manera transversal asuntos relacionados con género, identidad, diversidad, interculturalidad, comunidad y distintas formas de interpretar la realidad social.
Algunos de esos temas forman naturalmente parte de una educación moderna. Una escuela debe enseñar respeto, convivencia y dignidad humana.
Pero existe una línea muy delgada entre enseñar a un niño a comprender la sociedad y utilizar la escuela para decirle cómo debe interpretarla. Y quizá deberíamos comenzar a preguntarnos si no estamos cruzando esa linea.
México es una nación extraordinariamente diversa. Sus lenguas indígenas forman parte de nuestra historia y nuestra cultura, y preservarlas es valioso. Un niño no debería tener que renunciar a su lengua, sus costumbres o su identidad para recibir una educación de calidad mundial, preserver su origen no puede significar limitar su futuro.
Justamente cuando el mundo ofrece a los jóvenes posibilidades que nunca antes habían tenido, una parte importante de nuestra educación dirige cada vez más la mirada hacia lo local: la comunidad, el entorno inmediato, la identidad y los saberes propios.
Todo eso merece ser conocido y preservado, pero no puede sustituir los conocimientos y habilidades que permitirán a esos mismos niños participar algún día en un mundo mucho más grande.
La diferencia con quienes tienen acceso a una educación privada merece también nuestra atención.
Aunque las escuelas privadas forman parte del sistema educativo nacional, utilizan libros y programas adicionales, mantienen en la práctica materias claramente identificables como Matemáticas, Español o Ciencias, ofrecen más horas de inglés e incorporan herramientas digitales e incluso programas internacionales.
Así, dos niños mexicanos de la misma edad pueden estar recibiendo preparaciones muy distintas para enfrentarse al mismo mundo y, esa política educativa que coloca la igualdad entre sus principales propósitos, podría terminar ampliando precisamente aquello que pretende combatir: la desigualdad.
En algunos años veremos con qué conocimientos llegan esos alumnos a la preparatoria y a la universidad. Más adelante aparecerán las consecuencias en sus posibilidades de empleo y en su capacidad para competir profesionalmente.
El mundo no reducirá sus estándares para adaptarse a nosotros.
Quizá por eso deberíamos atrevernos a hacer una pregunta incómoda: ¿estamos utilizando la escuela para enseñar a los niños a pensar, o para enseñarles qué deben pensar?, la diferencia es enorme.
La educación pública debería ser el gran igualador de una Sociedad; el lugar donde el hijo de una familia sin recursos reciba las herramientas que le permitan llegar tan lejos como su capacidad y su esfuerzo puedan llevarlo.
Porque estos niños no tendrán otra infancia para recuperar lo que no aprendieron, y no competiran con su compañero de pupitre, lo haran con un mundo cada vez mas globalizado.
El mundo avanza, está en permanente movimiento y no va a esperar a México y sus niños.

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