
Divide y… ¿vencerás?
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Miradas Una conversación sobre el mundo que compartimos Teresa Barragán ¿Cuándo se convirtió mi vecino en mi enemigo? ¿Cuándo el compañero de trabajo que vota diferente, el amigo que defiende otro partido o incluso el familiar con quien antes discutíamos de política y después seguíamos cenando dejó de ser simplemente alguien que piensa distinto? Quizá …
Divide y… ¿vencerás?

Miradas
Una conversación sobre el mundo que compartimos
Teresa Barragán
¿Cuándo se convirtió mi vecino en mi enemigo?
¿Cuándo el compañero de trabajo que vota diferente, el amigo que defiende otro partido o incluso el familiar con quien antes discutíamos de política y después seguíamos cenando dejó de ser simplemente alguien que piensa distinto?
Quizá no ocurrió de un día para otro.
Divide y vencerás. La fórmula es antigua. Lo nuevo son los nombres que damos a cada bando: pueblo y élite, conservadores y progresistas, privilegiados y olvidados, fifís y chairos. Siempre un “nosotros”. Siempre un “ellos”.
Y funciona.
Porque el resentimiento encuentra terreno fértil en problemas reales: inseguridad, desigualdad, corrupción, falta de oportunidades. Pero, en lugar de exigir que esos problemas se resuelvan, podemos terminar aceptando algo mucho más sencillo: que alguien nos diga quién tiene la culpa.
Entonces comienza la polarización.
Primero se señala al adversario. Después se le descalifica. El adversario responde, se endurece y radicaliza también su posición. Cada lado encuentra en el otro razones para justificar sus propios excesos y, poco a poco, aquello que antes nos parecía inaceptable comienza a parecernos necesario.
Tal vez por eso hoy, en distintos países, personas tradicionalmente moderadas empiezan a mirar con simpatía soluciones cada vez más duras. El fenómeno Bukele es un ejemplo. Más allá de simpatías o cuestionamientos hacia su gobierno, vale la pena preguntarnos qué tuvo que suceder para que tantos ciudadanos llegaran a pensar que los problemas son tan graves que las soluciones habituales ya no alcanzan.
Pero hay una pregunta anterior.
¿De verdad queremos cosas tan diferentes?
El mexicano que votó por un partido distinto al mío ¿quiere vivir peor? ¿Quiere calles inseguras, malos hospitales, escuelas deficientes, corrupción o una economía que no le permita llegar a fin de mes?
Claro que no.
Quiere, probablemente, muchas de las mismas cosas que yo: vivir tranquilo, trabajar, progresar, cuidar a su familia y tener oportunidades.
Hemos confundido querer caminos distintos con querer destinos distintos.
Y mientras nosotros discutimos, los partidos ganan algo muy valioso: nuestra lealtad.
Ahí está quizá la parte más eficaz de la polarización. Conseguir que dejemos de comportarnos como ciudadanos que exigen para convertirnos en simpatizantes que defienden.
Si gobiernan los míos, puedo terminar justificando lo que antes criticaba. Si gobiernan los otros, condenando incluso aquello que quizá habría celebrado. Ya no juzgo una decisión por sus resultados, sino por quién la tomó.
Y mientras tanto, los problemas siguen ahí.
Tal vez deberíamos recordar que los intereses de los partidos y los nuestros no siempre coinciden. A nosotros nos interesa que baje la inseguridad; al político también le importa quién recibe el mérito. A nosotros nos interesa que mejore la economía; al político, además, quién pagará el costo si no mejora.
Nosotros necesitamos resultados. Los partidos necesitan también ganar elecciones.
Esa diferencia debería bastar para mantenernos atentos.
La democracia necesita desacuerdos. Necesita oposición, crítica y ciudadanos capaces de defender ideas distintas. Lo que no necesita es que convirtamos al compatriota que piensa diferente en alguien a quien derrotar.
Porque quizá mientras nos ocupamos de defender a unos políticos de otros hemos dejado de hacer precisamente aquello que nos corresponde: defender nuestros derechos frente a todos ellos.
Divide y vencerás.
La fórmula sigue funcionando.
La pregunta es si vamos a seguir ayudando a que funcione.

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